Había
un hombre rebelde
al
que después de un buen raspón le salían almendras en vez de costras
que
tenía ojos de plasma
pero
cuencas oscuras como una mina de muerte
y
era tan alto a veces como las nubes, otras como la neblina.
Con
una mueca suya y dos dientes de ajo
llenaba
los huecos y grietas del mundo con pegamento
hacía
que los naranjos dieran uvas.
Y
la vid, el ajenjo
amplificaban
su corazón.
se
ponía a pintar estrellas, ríos, corales
o
construía un pedregal con botellas de refresco
Los
verbos eran más bellos en su boca
que
dejaba cebada a la blasfemia
Pero
era rebelde y quería una condena
Se
arregló con el reloj suicida
que
le empezó a quitar girones de vida
hasta
que su vida desapareció
y
se volvió otro miembro
del
panteón de las ideas..
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